Tenía catorce años la primera vez que me enamoré. Entonces no sabía en qué me había metido. Supongo que es en esa edad cuando empiezas a sentir esas famosas mariposas por el estómago; Y todo es genial…la vida…los amigos… Sonríes sin ningún motivo y todo lo que aprendes día a día es nuevo. Empiezas a descubrir una nueva etapa de tu vida.
La mía, mi etapa, mi descubrimiento…fue el amor. Lo vivo tan intensamente que a veces tengo la impresión de que no formo parte de este gran círculo llamado mundo.
No me considero diferente, pero sí especial. De echo, todos lo somos. Yo soy así.
Vivo con la obsesión de estar enamorado. Y lo estoy, ahora mismo lo estoy. Por tercera vez en mi vida me he vuelto a enamorar. Y durante estos años han salido de mi las palabras más bonitas que se puedan encontrar en la tierra.
Y hoy sentado aquí volverán a salir esas mariposas que se estamparan contra el papel para plasmar una vez más lo que hay dentro de mi, lo que mis textos reflejan…mis sentimientos.
“Y es que la vida es demasiado corta para pasarla pensando, siéntela.” Eso es lo que aprendí con ella. Todavía no la he olvidado. Aún sigo esperando que algún día aparezca por la puerta de clase con su cara de dormida y disculpándose por llegar tarde. De echo, a mi me encantaba que llegase tarde porque sabía que nada más abrir la puerta me buscaría a mi para ver si la esperaba, y cuando conseguía encontrarme me sonreía y leía en sus labios “buenos días”. Se sentaba y nos pasábamos el día mirándonos.
Ella no era como las demás chicas. No iba con tacones ni se maquillaba todos los días.
Tampoco se relacionaba con mucha gente. Le gustaba pasear por el patio, nunca estaba quieta. A menudo se sentaba y escribía. Era preciosa… Tenía el cabello largo y liso, sus ojos marrones claros pero que cuando se ponían en el sol eran verdes y una sonrisa…una sonrisa que todavía hoy no he podido describir lo bonita que era.
A mis ojos ella era perfecta, también con sus imperfecciones pero perfecta. Me gustaba todo de ella…
La conocí en una salida al laberinto de Horta. Ambos nos perdimos, bueno en realidad yo no, la estaba siguiendo hasta que conseguí que se fijase en mi. Nada más saludarla se puso tímida. Intentaba esconderse a través de su pelo y fingía no mirarme…
Le dije que me había perdido, que yo también buscaba la salida, pero ella era más lista que yo y sabía que le mentía. Le dije la verdad. Le agarré de la mano y le dije “mira, puedo llevarte hasta la salida, lo único que tienes que hacer es cogerte de mi mano y no soltarme”. Lo hizo, y no volvió a soltarme nunca más.
A partir de ese día los dos sabíamos que sentíamos lo mismo. Era una explosión de sentimientos cada vez que nos besábamos.
Era maravillosa. Nos reíamos de todo y de nada. Le hablaba por la calle y me paraba, me miraba y esperaba a que la besara. Pasamos el verano juntos. Sentía que era la mujer de mi vida y yo el hombre de la suya. Nos escribíamos todos los días… setecientas treinta cartas en total.
Pero ahora…ella no puede contestármelas, no está. Ariadna murió de cancer.
Ella me enseñó que el amor no sólo se demuestra/hace en la cama.
Hablábamos de la vida, de lo hermoso que era vivirla y del amor.
Hoy he vuelto a pasear por el laberinto y buscándola me he perdido. Sé que ya no está, que no va a aparecer por la puerta de clase ni me va a dar los buenos días. Ya lo he asumido…pero, el recuerdo de una persona por muy lejos que esté, si ésta ha sido importante para ti, siempre va hacer que lo que un día sentiste por ella sea lo más valioso que guardes en tu corazón. Pueden entrar y salir las personas que quieran pero ella siempre se va a quedar…porque lo que siento jamás se va a apagar.
Con ella descubrí el amor y también valorar más a la vida.
No espero que hoy me conteste. Hoy es San Jordi… hace tres años que ella murió. Hoy sólo espero que ella agarre mi mano para no perderme en el recuerdo…para no echarla de menos… Porque después de tres años la sigo queriendo, como el primer día.
He ganado el premio a mejor redacción en castellano, estoy muy feliz.
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